lunes, 14 de marzo de 2016

Culturas infantiles y medios

La muñeca Barbie, un personaje de hace muchos años, que en la actualidad se mantiene joven como el primer día. Una muñeca que representa la belleza de la mujer con unos cánones, que pocas veces son reales, y características que justifican el deseo del hombre. No solo se observa en ésta muñeca, parece que el mundo Disney también está de acuerdo con estas "medidas de muñeca", que muchas de las jóvenes deciden seguir estrictamente. ¿Qué habría pasado si las Princesas Disney tuvieran este aspecto? Probablemente nada, habrían sido igualmente acogidas por el público infantil, el cual se basa para criticar en lo que ve y oye.

Barbie,  una muñeca que lo consigue todo de la nada, sin representar el esfuerzo por ningún lado, y aún así, lo tiene todo, pretendiendo crear la ilusión de que las cosas siempre salen bien y siempre se tiene éxito. La representación de conseguir las cosas a corto plazo y sin la necesidad del esfuerzo constante, dejan a un lado la realidad que supone el esfuerzo verdadero por algo y el tiempo que éste conlleva. La mujer icono Barbie, ayuda a construir la consciencia infantil, bien para facilitar la conformidad o para inspirar resistencia.
Crea en cada generación, el deseo de tener la misma muñeca una y otra vez por el simple hecho de su variación de conjuntos o profesiones que caracteriza a cada caja o edición.
¿Hasta dónde llegará esta falsa imagen a seguir que han logrado con una simple muñeca? Una muñeca que crea deseo de perfección, que hay personas que no conocen los límites de la realidad, llegando a transformar su cuerpo hasta el punto de parecer la mismísima muñeca, creando la apariencia de ser de plástico, igual que su ídola. 

El mundo está lleno de Barbies, que no abren los ojos para poder darse cuenta que ni todo gira en torno a ellas, ni las cosas tienen siempre un final feliz, como Disney acompañado de sus princesas, también nos quiere decorar la realidad.
Con sus producciones, éstas empresas acaparan la subjetividad infantil. Nos dejamos basar por lo que nos cuentan y vemos, ¿y para qué nos vamos a engañar?, se vive mejor con un final feliz, ¿verdad?

Éstas formas de ocultar la realidad entran en los hogares con la total aprobación y conformidad de los padres, produciendo la aculturación en la infancia, por la que los más pequeños, tienden a imitar los comportamientos de sus personajes favoritos, experimentando emociones e ideas ajenas, coartando la propia personalidad y la autenticidad de cada niño, pero es cierto que los niños reales no todos son buenos, no todos son sinceros y no todos son generosos.

Ésta aculturación, se ve apoyada por unos padres cuyos únicos intereses con sus hijos, se basan en crear inteligencia, brillantez y triunfo, transformándolos en objetos de mercado. Sin embargo, la participación del adulto en este mundo de fantasía e irrealidad que provoca Disney con sus historias adaptadas, es de vital importancia, ya que, el niño necesita el apoyo de los padres, para definir el aspecto real de las cosas, donde las cosas no siempre acaban bien y no todo es de color de rosas, impulsar su imaginación y desarrollar su potencial intelectual, a través de la oralidad de los cuentos para que éstos adquieran valor y sentido.


Además, la idea equívoca de tener una vida feliz una vez has encontrado al príncipe o la representación de una persona buena o mala, la cual, sufre de caracterizaciones contrarias a lo que el mundo nos quiere hacer creer que son los modelos de belleza ideal en la sociedad, incorporando la pobreza o riqueza, el color de piel o características físicas o psicológicas de personas que hoy en día se siguen discriminando. Todo esto es lo que hace distinción entre los buenos y los malos en el mundo de Disney, discriminando a personas por sus pensamientos o apariencias físicas.

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