La muñeca Barbie, un personaje de hace muchos años, que en
la actualidad se mantiene joven como el primer día. Una muñeca que representa
la belleza de la mujer con unos cánones, que pocas veces son reales, y
características que justifican el deseo del hombre. No solo se observa en ésta
muñeca, parece que el mundo Disney también está de acuerdo con estas
"medidas de muñeca", que muchas de las jóvenes deciden seguir estrictamente.
¿Qué habría pasado si las Princesas Disney tuvieran este aspecto? Probablemente
nada, habrían sido igualmente acogidas por el público infantil, el cual se basa
para criticar en lo que ve y oye.
Barbie, una muñeca
que lo consigue todo de la nada, sin representar el esfuerzo por ningún lado, y
aún así, lo tiene todo, pretendiendo crear la ilusión de que las cosas siempre
salen bien y siempre se tiene éxito. La representación de conseguir las cosas a
corto plazo y sin la necesidad del esfuerzo constante, dejan a un lado la
realidad que supone el esfuerzo verdadero por algo y el tiempo que éste
conlleva. La mujer icono Barbie, ayuda a construir la consciencia infantil,
bien para facilitar la conformidad o para inspirar resistencia.
Crea en cada generación, el deseo de tener la misma muñeca
una y otra vez por el simple hecho de su variación de conjuntos o profesiones
que caracteriza a cada caja o edición.
¿Hasta dónde llegará esta falsa imagen a seguir que han logrado
con una simple muñeca? Una muñeca que crea deseo de perfección, que hay
personas que no conocen los límites de la realidad, llegando a transformar su
cuerpo hasta el punto de parecer la mismísima muñeca, creando la apariencia de
ser de plástico, igual que su ídola.
El mundo está lleno de Barbies, que no abren los ojos para
poder darse cuenta que ni todo gira en torno a ellas, ni las cosas tienen
siempre un final feliz, como Disney acompañado de sus princesas, también nos
quiere decorar la realidad.
Con sus producciones, éstas empresas acaparan la
subjetividad infantil. Nos dejamos basar por lo que nos cuentan y vemos, ¿y
para qué nos vamos a engañar?, se vive mejor con un final feliz, ¿verdad?
Éstas formas de
ocultar la realidad entran en los hogares con la total aprobación y conformidad
de los padres, produciendo la aculturación en la infancia, por la que los más
pequeños, tienden a imitar los comportamientos de sus personajes favoritos,
experimentando emociones e ideas ajenas, coartando la propia personalidad y la
autenticidad de cada niño, pero es cierto que los niños reales no todos son
buenos, no todos son sinceros y no todos son generosos.
Ésta aculturación, se ve apoyada por unos padres cuyos
únicos intereses con sus hijos, se basan en crear inteligencia, brillantez y
triunfo, transformándolos en objetos de mercado. Sin embargo, la participación
del adulto en este mundo de fantasía e irrealidad que provoca Disney con sus
historias adaptadas, es de vital importancia, ya que, el niño necesita el apoyo
de los padres, para definir el aspecto real de las cosas, donde las cosas no
siempre acaban bien y no todo es de color de rosas, impulsar su imaginación y
desarrollar su potencial intelectual, a través de la oralidad de los cuentos para
que éstos adquieran valor y sentido.
Además, la idea equívoca de tener una vida feliz una vez has
encontrado al príncipe o la representación de una persona buena o mala, la
cual, sufre de caracterizaciones contrarias a lo que el mundo nos quiere hacer
creer que son los modelos de belleza ideal en la sociedad, incorporando la
pobreza o riqueza, el color de piel o características físicas o psicológicas de
personas que hoy en día se siguen discriminando. Todo esto es lo que hace
distinción entre los buenos y los malos en el mundo de Disney, discriminando a
personas por sus pensamientos o apariencias físicas.
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